Las bombas olvidadas de la Guerra Civil
Colpisa - 27/03/05
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-Los explosivos de las bombas, proyectiles y granadas de aquella contienda se mantienen en casi perfecto estado 66 años después.
-Los TEDAX desactivan cada año cerca de mil artefactos de aquel conflicto, y el número no desciende.
Valdemoro (Madrid), 27 mar. (COLPISA, Melchor Sáiz-Pardo).
El próximo 1 de abril se cumplen 66 años del final de la Guerra Civil. Sin embargo, casi siete décadas después del término de la contienda, las explosiones de los artefactos de aquel conflicto siguen oyéndose cada día en los campos de España. Son las bombas olvidadas, los proyectiles y granadas que nunca llegaron a estallar y que nadie se ocupó de recoger entonces. Millares de artefactos que mantienen su poder explosivo y que son un peligro en potencia para agricultores y constructores. Hasta la década de los noventa, los artificieros del Ejército se encargaban de neutralizar estos herrumbrosos artefactos, pero a partir de entonces esta ingrata y desconocida labor pasó a ser tarea de las fuerzas de Seguridad y, muy en particular, de los TEDAX de la Guardia Civil, ya que en las demarcaciones rurales es donde mayor número de bombas olvidadas aparecen. Las cifras hablan por sí solas. En 2004, los especialistas (detestan que se les llame ‘artificieros’) del instituto armado desactivaron 1.045 artefactos de la guerra de muy diversa naturaleza y origen: 550 proyectiles de artillería, 450 granadas (de mortero, de mano, contracarro y de fusil), 40 bombas de avión llenas de TNT o fósforo blanco incendiario y cinco minas anticarro oxidadas. Lejos de los que pudiera pensarse, el número de bombas procedente del conflicto civil no desciende con el paso de los años. Si 1.200 artefactos fueron hallados en 2001, en 2002 fueron 1.100, y 800 en 2003. Se mantiene estable la cifra y tampoco cambian los sitios donde se encuentran, los principales frentes del conflicto: el corredor del Ebro, Madrid, Brunete, Seseña, Ciempozuelos, Zaragoza, Tarragona, Toledo, Castellón, Teruel... “Siguen apareciendo cada día y esto tiene su explicación. Ahora los campesinos compran arados más profundos para trabajar sus tierras; se remueven terrenos para nuevas construcciones en lugares en los que nunca antes se había edificado; se abren nuevas carreteras en sitios por donde no había ni un camino; se tiran casas viejas para construir edificios modernos y en sus muros se encuentran artefactos que fueron escondidos allí; y la sequía deseca pantanos y pozos en los que los combatientes lanzaron bombas inútiles en la creencia de que allí no harían daño a nadie", explica un teniente del TEDAX en el ‘cuartel general’ de estos expertos en Valdemoro (Madrid).
Ancianos fallecidos
“Y no sólo eso", apostilla un cabo primero dedicado desde hace años a neutralizar estos artefactos. “También ahora están muriendo muchos de los ancianos que lucharon en la Guerra Civil y que, como recuerdo, se llevaron a sus casas aquellas bombas, en muchos casos con la espoleta aún puesta. Cuando fallecen, sus familiares no saben que hacer con esos ‘souvenirs’ que, incluso, a veces han estado años encima de una chimenea o convertidos en el pie de una lámpara de mesa". “¡Y no sería la primera vez que esos familiares nos llevan la bomba a la casa cuartel o al bar del pueblo lleno de gente!", exclama el especialista. El peligro, dicen los expertos, es esa manipulación descontrolada por parte de la gente que las encuentran de manera fortuita o de los propios coleccionistas que las buscan a propósito, ya que la dureza de los contenedores (vasos) ha evitado que el paso de los años deteriore los explosivos. La neutralización de los artefactos no es un problema siempre que la bomba se encuentre en un lugar al abierto y no en núcleo de población. “En realidad, siempre las desactivamos haciéndolas estallar. No merece la pena arriesgar medios técnicos (robots) y mucho menos vidas humanas para recuperar intacto uno de estos artilugios. No necesitamos saber cómo están hechos, esto no es la lucha antiterrorista", apunta el cabo, que insiste en que manipular uno de estos artefactos es “extremadamente peligroso" habida cuenta del deterioro de los mecanismos de activación (en la mayoría de los casos simples muelles oxidados).
Bombas deficientes
Dicen los expertos que este problema de las bombas olvidadas no se da en otros países que sufrieron en sus carnes durante la Segunda Guerra Mundial batallas similares a las de la contienda de 1936. El teniente del TEDAX tiene su explicación: “Nuestra guerra fue un gran campo de pruebas para las grandes potencias militares de la época y aquí se mandó todo tipo de material sin comprobar, que luego, al ser disparado, no estallaba". Al margen de estos ensayos, los contendientes de los dos bandos no escatimaron en imaginación ante la falta de recursos. “No era en absoluto extraño que los soldados pusieran las espoletas de unas bombas a otras cuando no había de su medida o las habían conseguido del enemigo y, evidentemente, esto no siempre funcionaba", señala el cabo mientras muestra varios ‘vasos’ de proyectiles en el pequeño museo de artefactos de la Guerra Civil ubicado en los pasillos del acuartelamiento de Valdemoro. En esa muestra improvisada hay de todo un poco. Artefactos procedentes de infinidad de países. Bombas alemanas e italianas proporcionadas al ejército ‘nacional’. Polacas, rusas, británicas y francesas para las tropas republicanas. Sin embargo la fabricación no siempre indica qué bando las utilizó. “Las posiciones cambiaban de mano y con ellas las granadas, proyectiles y cañones", recuerda el teniente. En los pasillos de Valdemoro abundan los artefactos que más se utilizaron en la contienda: las granadas “defensivas" tipo piña de fabricación polaca wz-1924, las favoritas de los republicanos; las granadas de mortero ‘made in Spain’ ‘Valero’ (calibre 81), y, sobre todo, infinidad de proyectiles del 105 cebados con espoletas ‘Garrido’.
Arterfactos insólitos
Madrid, 27 mar. (COLPISA, M.S.P.). Durante los años de lucha contra las bombas olvidadas, los TEDAX de la Guardia Civil se han enfrentado a todo tipo de artefactos, aunque sólo algunos han dejado huella. En los despachos de Valdemoro aún se recuerda con una sonrisa aquella granada de mortero 'modelo 81' encontrada en Girona a principios de la década de los noventa. Era un artefacto, en apariencia, como tantos otros. Durante horas los especialistas se esmeraron en desactivar la bomba y cuando finalmente lograron hacerla estallar... centenares de octavillas inundaron el cielo. Aquella granada no estaba llena de explosivo ni de metralla, sino de panfletos dirigidos a minar la moral del enemigo, una práctica que luego sería profusamente utilizada en la Segunda Guerra Mundial, tanto por los Aliados como por el Eje. Menos feliz es el recuerdo de la 'bomba de Bilbao' de 1985. Los técnicos de la Guardia Civil apenas se dedicaban entonces a los artefactos de la contienda del 36, pero fue a ellos a los que recurrió un pescador vasco que horas antes, faenando en el Golfo de Vizcaya, había atrapado entre sus redes de arrastre una gran bomba oxidada de casi un metro de altura (ver fotografía). Los agentes, creyendo que se enfrentaban a un gran artefacto más de aviación cargado de trilita, procedieron a llevar el ingenio a un descampado para hacerlo estallar. Pero cuando la bomba explotó descargó sobre los TEDAX una nube tóxica (probablemente iperita, un precursor del gas mostaza extremadamente tóxico para la piel y las vías respiratorias) que afectó gravemente a los pulmones de uno de los especialistas. La conocida como 'bomba de Bilbao' no fue más que el antecedente de muchos otros artefactos tóxicos que años después se lanzarían en los campos de Europa, Africa y Asia, muchas veces sobre población civil. La misma iperita que comenzó a utilizarse en la Guerra Civil -prohibida por todas las convenciones internacionales- fue la que usó en la década de los ochenta Sadam Hussein para bombardear las posiciones enemigas iraníes.
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